Hipatia,
vida y sueños de una científica del IV siglo

de Adriano Petta

novela histórica de Adriano Petta y Antonino Colavito editada por La Lepre Edizioni

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      Descubrí a Hipatia mientras elaboraba la introducción a mi segunda novela histórica (Roghi fatui), que, unida a Eresia pura, pretende ser una aportación personal al análisis de la lucha entre Ciencia y Religión, desde la Edad Media al Renacimiento.
      En aquella ocasión sólo pude dedicar seis líneas a la sabia alejandrina. Seis líneas que, sin embargo, bastaron para avivar en mí la llama de la curiosidad.
      Desde mi primera aproximación a las fuentes históricas comprendí que para hacer un relato de las vicisitudes de este gran personaje (presente en las obras de Pierre de Fermat, Chateaubriand, Voltaire, Proust, Toland, Fielding, Diderot, Gibbon, Wieland, Péguy, Leopardi, Monti, Pascal, Luzi, Calvino y tantos otros) además de la pluma de un novelista (la mía, que en el texto escribe con "letra de imprenta") era preciso, asimismo, el despliegue de todo un entramado de valores y símbolos propios de un filósofo (los sueños, en "letra cursiva"). De este modo nació la sinergia con Antonino Colavito, cuya pluma ha sabido dar cuenta del firmamento de Hipatia, de su nube palpitante de átomos… nube luminosa en la que se han disipado algunos fragmentos de la bruma ensangrentada de mi narración: un relato sin piedad hacia verdugos y sicarios que, con premeditada crueldad, pusieron fin a su vida corriendo la cuaresma del año 415 d.C.
      Filósofa neoplatónica, musicóloga, médico, matemática, física, madre de la ciencia experimental (estudió y construyó el astrolabio, el hidroscopio y el aerómetro)… y, como escribió Pascal, "última flor maravillosa de la gentileza y del saber helenístico", Hipatia era hija de la Escuela de Alejandría, la principal comunidad científica de la historia, donde habían estudiado Arquímedes, Aristarco de Samos, Eratóstenes, Hiparco, Euclides, Tolomeo… genios, todos ellos, que sentaron las bases del saber científico universal. En los setecientos años de su existencia la Escuela alejandrina había alcanzado cotas tan elevadas en el campo científico que habría bastado dejar con vida y libertad de estudiar a Hipatia y a sus discípulos para asegurar otros 1200 años de progreso.

      Sin embargo, sobre Hipatia y sobre toda la humanidad se abatió la mayor de las desventuras: el ascenso al poder de la Iglesia católica y su pacto de sangre con el imperio romano agonizante. Dicho pacto - además de la supresión del paganismo - contemplaba la liquidación de las bibliotecas, del saber y de los sabios, la anulación del librepensamiento, de la investigación científica (de hecho, los Concilios de Cartago prohibieron - incluso a los obispos - estudiar a Aristóteles, Platón, Euclides, Tolomeo, Pitágoras, etc.). A la mujer debía impedírsele el acceso a la religión, a la escuela, al arte, a la ciencia.
      En pocos decenios se había conseguido llevar a cabo la casi totalidad del proyecto. Pero Ambrosio, Juan Crisóstomo, Agustín y Cirilo - los gigantes del naciente imperio de la Iglesia - toparon en su camino, pavimentado de hogueras y de sangre, con un último impedimento: una joven y hermosísima criatura que dirigía la Escuela alejandrina, una sabia de rectitud moral inquebrantable que, al término de una jornada de investigación y estudio, se echaba sobre los hombros el tribon - el manto de los filósofos - y deambulaba por Alejandría para explicar a la gente - con ingeniosa elocuencia y extraordinaria ciencia - el significado de la libertad de pensamiento, del uso de la razón. Y Cirilo, obispo y patriarca de Alejandría, urdió el martirio de Hipatia.
      Matar injustamente a cualquier ser humano es truncar una vida, destruir una oportunidad, pero sacrificar a una criatura como Hipatia es causar un daño incalculable a la humanidad entera, es matar la esperanza en el progreso humano.
      Este crimen marcó el fin del paganismo, el ocaso de la ciencia y de la propia dignidad de la mujer. Supuso el triunfo definitivo de la caterva más astuta, refinada, voraz, despiadada y feroz que ha producido la especie humana. A partir de aquel marzo del 415 d.C. la Iglesia católica, además de encarcelar, torturar, quemar vivos a pueblos enteros, aprisionó la mente de los hombres para manipularlos, dirigirlos, dominarlos, aliándose siempre con el poder y la injusticia. Ningún mea culpa podrá jamás restituir a la humanidad tanta sangre inocente ni tantos siglos perdidos para el progreso.

      En aquel 415 d.C. de nada sirvió la voz aislada del prefecto imperial Orestes, que, inútilmente, intentó defender y salvar a esta mujer de ciencia. Llegado a Alejandría, antes de visitar al magister militiae y a las demás autoridades, incluso antes de obsequiar al obispo Cirilo… Orestes se dirigió a rendir homenaje a Hipatia, astro incontaminado de la sabiduría. Ella le hizo ver que, en realidad, no podía definirse como "pagana", porque "cualquier religión, cualquier dogma, es un freno para la libertad de investigación y puede convertirse en una prisión que impida indagar libremente sobre el origen de la vida y el destino del hombre". Hipatia le refirió cómo, tras el incendio de la biblioteca, el prefecto imperial Evagrio le había propuesto que se convirtiera al cristianismo, a cambio de mayores subvenciones para su escuela, y cómo ella se había negado diciéndole: "Si me dejo comprar, perderé mi libertad. Y no podré seguir estudiando. Así es como funciona una mente libre: incluso ésta tiene sus reglas".
      Este libro pretende honrar la memoria de la primera mártir de la Razón, que prefirió morir sacrificada antes que renunciar a la libertad del pensamiento, condición insoslayable del progreso humano.
      En los albores de este tercer milenio, la UNESCO, a petición de 190 estados miembros, ha dado vida a un proyecto internacional destinado a favorecer iniciativas científicas provenientes de mujeres de todas las nacionalidades, porque si se quiere una Ciencia verdaderamente al servicio de las necesidades reales de la humanidad, es preciso lograr, sin más demora, un mayor equilibrio en cuanto a participación de ambos sexos en el progreso de la misma. En la actualidad la representación de las mujeres en el ámbito de la ciencia supone sólo un 5%. La Unesco ha dado a este proyecto internacional el nombre de HIPATIA.

(Roma, agosto de 2003)